La niña luchando, por Kevin Carter

por Gonzalo Salvatierra para Cuestión de Jueves

En una reunión familiar surgió la historia de Kong Nyong (en ese momento, obviamente, no recordábamos ese nombre). Era un niño que forma parte de la historia al ser protagonista (sin querer) de una de las imágenes más dolorosas e icónicas que todos recordásemos. Kevin Carter, un fotógrafo sudafricano, observó durante veinte minutos a un niño (Kong) sudanés y en el mismo plano a un buitre. Dos “elementos” que le sirvieron para denunciar la hambruna en ese país. Con esa foto, obtuvo el premio Pulitzer. Sin embargo, fue duramente cuestionado por “no ayudar a la niña”, pero “no todo es lo que parece”.

Kevin Carter. “Struggling girl.” (Sudán, 1993)

En primer lugar, habría que aclarar que no es una “niña”, sino, más bien, un “niño”. De acuerdo al propio Kevin Carter, el infante estaba en ese lugar para hacer sus necesidades. Como consecuencia de su “malnutrición severa”, sufría fuerte diarreas, por lo que, solía alejarse del campamento en el que se encontraba para hacerlas. Kong Nyong vivía en una aldea ubicada en la región de Ayod, al sur de Sudán. En esa misma se encontraba una estación de ayuda alimentaria de la ONU, dirigida por personal sanitario francés. El niño se encontraba en tratamiento. Es más, murió 14 años después de esa foto, a causa de unas “fiebres”.

Kong Nyong – El Imparcial

Imagínense la situación: “una niña africana (como se creía) yace exhausta de hambre ante la mirada expectante de un buitre. Algunos cree que el ave espera su muerte y otros, que tan sólo esperaba sus excrementos. No importa, el plano de ambos impacta y mucho. El fotógrafo, sudafricano, blanco, espera durante 20 minutos alguna reacción, pero no consigue ninguna. Por ello, toma la fotografía y decide marcharse de esa aldea“. Planteado de esa forma, las críticas fueron muy despiadadas con Carter. Por ejemplo, el periódico St. Petersburg Times de Florida calificó al fotógrafo como el “otro buitre de la escena”. (Fuente).

Artículo publicado en el New York Times por Donatella Lorch, ilustrado con la fotografía de Kevin Carter.

Carter pertenecía al “Bang-Bang club” con el que registraron la brutalidad del apartheid y las terribles luchas intestinas de los sudafricanos negros en los estertores del régimen segregacionista. Kevin Carter fotografió las cruentas luchas, casi una guerra civil, entre el Congreso Nacional Africano de Nelson Mandela y los zulúes del partido Inkhata de Mangosuthu Buthelezi, utilizado por el régimen blanco. El fotógrafo siempre fue llamado por las agencias de medios de comunicación por su atrevimiento a ponerse continuamente en medio de las balas. Uno de sus miembros, y amigo de Carter, Ken Oosterbroek, murió en una lluvia de balas en el township -asentamientos donde el apartheid concentraba a los negros- de Thokoza.

La muerte de un amigo, sumado a su afición a la marihuana primero y luego a una mezcla de potentes narcóticos que le ayudaban a disminuir el dolor y la lucidez que le proporcionaban las imposibles escenas que vivía sin miedo en directo continuamente fueron un empujón más para un desorden vital que le llevaba de una relación a otra y que poco a poco le conduciría a perder aviones, entrevistas, carretes de fotografía. Es más, envió tarde un carrete de fotos de la visita de Mitterrand a Sudáfrica, pero cuando Sygma, la agencia fotográfica que le fichó en Nueva York tras el Pulitzer las vio, le dijo que tampoco habrían estado a la altura de sus clientes.

En este contexto, el 27 de julio de 1994 Kevin Carter conectó una manguera al escape de su camioneta y murió por asfixia debido al monóxido de carbono. “Deprimido… sin teléfono… dinero para el alquiler… dinero para mantener a la niña… dinero para las deudas… ¡¡¡dinero!!!… Me persiguen los vívidos recuerdos de matanzas y cuerpos, de ira y dolor… de niños hambrientos o heridos, de hombres locos de gatillo fácil, con frecuencia policía, o ejecutores. Me voy a reunirme con Ken, si soy afortunado“, rezaba la nota que dejaba en su automóvil. En el obituario, TIMES aseguró que el fotógrafo había esperado para asegurarse de que el buitre no heriría a la niña y levantaba el vuelo y que no había hecho contacto físico con la menor porque había sido instruido de no tocar a las víctimas debido a las enfermedades que podría contraer de ellas.

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